1. La ex-polola

    Mi ética no nació formada junto a mí, es algo que he construido gracias a diversos sucesos y lecciones que la vida me ha dado (y yo le he dado a ella, dándole fuertes patadas en los testículos varias veces). Por supuesto, mi “política de vida” no está ni cerca de haberse consolidado como una piedra angular en la que basar mis decisiones y comportamiento, pues está claro, el ser humano aprende todos los días algo nuevo y es muy probable, que quizás, mañana vea algo que me haga cambiar toda mi cosmovisión de la vida. Y así hasta que muera y renazca como un dragón alado.

    Aclarado eso, me parecería perfecto y me encantaría que la gente que “sigue” mis historias no me juzgue ni hable mal de mí después de esto que les voy a contar, porque sé que no le va a caer simpático a todos, y también porque yo hago todo lo posible por mantener fresco este humilde sitio que se encuentra en una esquina, relegado, de toda la paja mental y ahueonamiento pretencioso que puebla este continente cibernético llamado Tumblr. Así también, quiero agradecerle a cualquiera que ahora sienta entusiasmo y alegría porque después de tantos meses retomo mis cuentos. Así que, allá va.

    Debo haber tenido unos 15 años cuando empecé a pololear con esta chiquilla.  Por supuesto, los extraños caminos de Internet podrían hacer que, eventualmente, ella llegue hasta esto y es por eso que no daré su nombre real. Nos conocimos en un carrete en algún rincón de La Serena, nos caímos bien, salimos, carreteamos más, nos seguimos viendo y finalmente nos pedimos pololeo. Todo bien, ella me gustaba, yo le gustaba a ella. Pero, como siempre en estas historias, hay un pero. El pero era que nunca nos dimos un beso ni antes de pololear ni cuando se nos ocurrió que era buena idea comenzar a hacerlo.

    Avenida del Mar, La Serena, abril, 2008.

    - ¿Querís pololear conmigo?

    Miradas tiernas obvias, pupilas dilatas obvias, corazón a punto de estallar obvio. Amor de pendejo obvio. De adolescentes. Unos segundos después, las sonrisas huevonas y la respuesta, también obvia.

    - ¡Sí! Obvio que quiero pololear contigo… (una serie de babosadas que dan lo mismo)

    Y un abrazo gigante que dura mil años que siempre vamos a recordar. Pero nada. Ni un besito, ni piquito, nada. Nada.

    El tema acá no es el acto –o no acto- de darnos un beso porque ahora ya somos pololos. El tema es el por qué. Y lo debí haber pensado mejor. Ahora que soy tres años mayor, me doy cuenta que desde que nos conocimos, a pesar de que nos gustábamos mucho y nos cuenteamos bastante mutuamente, jamás ella me dijo nada muy de peso, aparte de sonreírme con esa sonrisa suya tan encantadora. Pero siempre que hablábamos de cómo somos, cómo nos veíamos y qué queríamos –aunque fuésemos pendejos, lo sé- siempre respondía estupideces. Tonteras evasivas. Respuestas baratas. 

    Era casi como si sus constantes carcajadas intentaran anular alguna especie de retraso mental que no le permitía pensar más allá del andar tomados de la mano por las mismas calles de siempre o ir a una fiesta y tomar trago con los amigos. Era extraño. Muy, muy raro. Sin embargo, hice todo el esfuerzo para que este curioso e intrigante aspecto de mi nueva polola diera lo mismo, pues me interesaba más pensar en lo bueno que era más que en lo extraño y poco gratificante. 

    Pues seguí con mi relación. Daba lo mismo. Al fin y al cabo, todos tenemos defectos. Y el beso, ese beso que tanto esperé, finalmente llegó. Y como algo que uno espera mucho tiempo, esperaba a que fuese perfecto, gigante, que me dejara inflado como un globo aerostático y me dejara ir volando hasta la luna y de vuelta de pura felicidad. Pero no fue tan así. Sentiría que traiciono un poco nuestra extinta relación de pololos dando detalles y narrando la sucesión exacta de hechos –que recuerdo perfectamente- de ese día, pues un primer beso no es una cosa que uno va y le cuenta a todo el mundo. Bien entenderá cualquiera que lea esto y haya querido medianamente a una persona a la cuál le entregó respeto, que la combinación de sensaciones y sentimientos mezclados en ese clímax no se debe, y más bien, no se puede contar.

    Sin ir más lejos, el tiempo que duró mi pololeo estuvo lleno de lo que cualquier pololeo normal tiene: buenos ratos, malos ratos, muchas risas, peleas, reconciliaciones, las mariposas en la guata los primeros meses, el acostumbramiento y la rutina pajera y aniquiladora de los siguientes, las ganas de recuperar el bienestar del comienzo de la relación en este período de decadencia y el re-enamoramiento que se logra con muchas conversaciones y esfuerzo mutuo. La idea de que esta relación era más poderosa y grande que cualquier otra no faltó tampoco, y más de una vez nos reconocimos que aunque no éramos seres ejemplares ni teníamos las mejores discordancias, pero sí, definitivamente, eramos una pareja mucho más bacán pues porque se nos ocurría que así era. Y así era hasta que nosotros pensáramos que lo era.

    No puedo negar de que tuve grandes momentos en mi adolescencia-juventud-casi-madurez con esta chica. Mi ex-ex-polola. Pero como todo en la vida, se comenzaba a acabar. Irremediablemente, el desinterés se hacía eco y espacio lentamente en nuestra relación, en nuestras salidas al cine, a caminar, a la playa, al cerro, al valle. En fin. Las miradas ya no eran las mismas. El helado de chocolate no era el mismo. Las conversaciones ya no eran tan chistosas y era más bien poco el tiempo que nos decíamos algo entretenido para sólo ver sonreír al otro. Uno pensaría y asumiría que así es la cosa y ahí se acaba, pero yo, como siempre, tan sobrepensador, imaginé el peor de los casos y traté de desenmarañar el por qué menos cómodo, que menos conforme me dejara. Así que me largué a investigar por qué rayos mi chica ya no me respondía como antes.

    Muy bien, asumo el error, entiendo perfecto que las relaciones se construyen de a dos, y si algo falla, es culpa de ambos. Pero, ¿qué más me importa?, ¿tengo que darle explicaciones de mis escapadas emocionales injustas al mundo? No. No tengo que hacerlo. En mi cabeza, era mi polola, ella no más, la que tenía la culpa, y nadie me iba a convencer de lo contrario, bien si venía la persona más sabia y el experto más experto en relaciones adolescentes de pareja que estuviese vivo. Así que me propuse averiguar qué estaba pasando. Y rápido.

    Lo primero que se me ocurrió fue hablar con su mejor amiga, pues, como toda mujer, tienen a una confidente a la que le cuentan todo. Fui un poco apresurado en mis actos, y dejé que el impulso de la calentura del momento me llevara a cometer maniobras un poco bruscas. Al otro día de decidir que algo ocurría, terminada la jornada de clases, fui donde esta chica, la BFF, y le pedí de buena manera que me diera, por favor, un momento porque quería preguntarle algo. Me miró extrañada, ya que con ella nunca hablamos mucho más, porque, de frentón, no nos importamos mucho, aún cuando yo era el novio de su mejor amiga no teníamos química.

    Incluso con eso, aceptó encantada darme tiempo. - ¿Tu amiga me está cagando? – Pregunté, de golpe.

    - ¿Cómo? – Me dijo, dejando escapar antes de su expresión de sorpresa una risa nerviosa.

    - Que si me están cagando, estúpida culiá – Le dije con un tono de voz algo más alto. Me sentía exaltado.

    - ¿Disculpa, hueón? Osea…

    - ¿Me vay a responder o te vay a hacer la hueona? ¿Mi polola me está o no cagando? – Yo ya estaba casi gritando.

    Para este momento ella comenzó a ponerse nerviosa, lo supe porque su nariz comenzó a sudar mucho y el cabello de su chasquilla se quedaba pegado en su frente húmeda. Como no soy muy bueno con situaciones límites, intenté terminar luego con el diálogo que claramente no estaba yendo muy bien y la tomé del moño que tenía hecho, en la nuca, y la jalé hacia abajo para que me mirara a los ojos, le dije, nervioso:

    - Mira conchetumadre, tú me vay a decir si mi polola me está cagando porque no estoy para hacerte perder tiempo ni a ti ni yo tampoco me quiero quedar hueveando contigo acá. No me caiste bien nunca, así que me vas a responder para que me pueda ir luego a mi casa, ¿oíste?

    Parece que mi estrategia no funcionó mucho, porque lo único que logré fue que se pusiera a llorar y balbucear un montón de estupideces que no tenían sentido. Le pedí que se calmara, que no era mi intención gritarle y que si le contaba a alguien lo que había pasado, la iba a matar y también a su familia, pero antes, les iba a contar que ella fumaba y que se frotaba pasto en la ropa y la cara para que no la pillaran. La solté y me fui a mi casa a pensar que iba a hacer.

    Al día siguiente, que era sábado, se me ocurrió que era buena idea seguir, sin que se diese cuenta, a mi polola a ver qué es lo que hacía durante un día sin mí. Al fin y al cabo, más allá de mis sospechas, no tenía pruebas concretas para tomar cartas de ninguna forma. Me sentí un poco raro pensando esto, se me salió una risa nerviosa y de vergüenza, pero creí que era necesario, si quería poder encararle a la chiquilla mis molestias, tener antecedentes antes de cualquier cosa.

    Acepto que es bien complicado asechar a alguien sin que te vean, mantener las distancias es lo primordial y, la paciencia, la mayor clave. Eso sí, el factor de la buena suerte –no encontrarse con nadie conocido, por ejemplo- también incumbe, y afortunadamente conté con ella todo el tiempo que estuve haciendo esto. Me pasé toda esa tarde y casi hasta la noche viendo que hacía, salió de su casa solamente dos veces, una para ir a comprar una Coca Cola para el almuerzo y la otra para sentarse en la cuneta fuera de su casa a hablar por celular. Como estaba muy lejos, no pude escuchar qué estaba diciendo, pero por las risas y las caras que ponía, supuse que no estaba muy lejos de descubrir que, ciertamente, me estaban haciendo hueón.

    Esto me impulsó a que, al día siguiente, hiciera lo mismo. Y tuve un eureka. Llegué a la hora de almuerzo a la casa de mi polola, y después de unos 20 minutos, vi llegar a un pelagatos de polerón blanco y jockey puesto al revés a la reja metálica negra de su casa. Tocó el timbre, y al poco rato, apareció ella. Podía ser, fácilmente, un amigo, pero la muy puta, careraja, salió, lo abrazó por el cuello y le chantó el beso de la discordia. El de la traición, del engaño, de la infidelidad. Mi corazón adolescente sintió un dolor, y mis pelotas fueron perturbadas, en mi mente resonaban acordes de Black metal y destrucción. Mi relación había muerto y la evidencia estaba frente a mis ojos. Mi amor por ella se transformaba poco a poco en odio y anarquía mental.

    Tuve la suerte, entre tanta desdicha, de tener un momento de claridad mental, para poder sacar mi celular, sacar un par de fotos decentes donde se notaba su casa, ella y el culiao, y marcharme a mi casa a pensar, ahora sí, qué hacer. Reconozco que lloré un rato, miré nuestras fotos juntos –en Fotolog, en el 2008 Facebook todavía no pegaba como ahora-, sollozaba, hacía pucheros hasta que me calmé. Pensé que la mejor manera de proceder era juntarme con ella y decirle todo lo que había visto (no todo lo que había hecho, el asechar y acosar a alguien es algo bien perturbador) y pedirle que por favor no nos vieramos más y que todo se había acabado.

    Ya era lunes, día de colegio. Intenté evadirla todas las veces en las que me la pude haber topado en los recreos durante todo el día. Para la tarde, le pedí que por favor me acompañara porque quería decir algo, ella accedió. Sentía una cierta incomodidad, pero en la cara siempre radiante de esta perra, no existía más que ese halo de simpatía, bordeando el retraso mental. El choque anímico era claro. Mientras caminábamos, la muy conchesumadre fue capaz de tomarme la mano. Yo no tuve el valor de quitármela. Llegamos finalmente a una plaza muy discreta a pocas cuadras de nuestra comunidad escolar.

    Ella, tranquilamente, se sentó en una banca a esperarme, mientras yo me sacaba la casaca del uniforme y la dejaba junto a mi mochila a un lado de la misma banca. Me arremangué las mangas de la camisa hasta los codos. Me llevé las manos a la cara y suspiré profundo, intentando buscar las palabras precisas para dejarle muy claro cómo me sentía, y que la totalidad de mi descontento fuese comprendido y digerido. Que no me llamara más porque ya no la quería y mi corazón estaba roto. Muy en el fondo, bajo mi cara llena de tranquilidad, sufría. Deben haber pasado buenos minutos sin que dijera nada, pues ella se levantó preocupada y me preguntó si me pasaba algo.

    - Oye, oye, ¿estay bien? ¿de qué queríai hablar? – Me preguntó.

    - Mmhmhh…. – Refunfuñé, intentando ver la manera correcta de proceder.

    - Pero, puuucha, ¿estay bien? Yo soy tu polola, yo te quiero mucho, quiero que estemos bien, ¿me podís contar qué te pasa?

    Siguió preguntándome si estaba bien y qué me pasaba, mientras yo, con la mirada perdida en algún punto muerto del espacio, veía la manera de descargar mi rabia sin cagarla. Todos dicen que a las mujeres no se les pega, que no es una opción, que en realidad, lo mejor es irse sin decir mucho y dejar que el karma haga lo suyo. Pero yo no estoy para huevadas, y a mi no me vienen con cuentos chinos. Dignidad mis pelotas. ¿Que la venganza es un plato que se sirve frío? Sóplame este hijo. No, chúpame la corneta mejor. Ante el grado de cinísimo que se erigía y manifestaba en el ser viviente que estaba frente a mí, usando sus mejores dotes de actuación, el carerrajismo terminó por hacerme explotar.

    Así que la empujé para que se alejara de mí, - sale culiá - le dije. Ella me miró, como si hubiese herido su corazoncito, y pude apreciar un brillo en sus ojos, como si estuviese a punto de llorar. Siempre que veía esa cara, durante nuestro pololeo, sentía ganas de abrazarla y decirle que no pasaba nada. No puedo mentir, en ese momento sentí lo mismo, y por eso, le conecté mi mejor gancho a la mandíbula y la hice caer encima del borde de la vereda con la nariz. Me dio risa porque me dolió la mano, y era irónico pues le acababa de pegar, así que comenté en voz alta, “¡parece que eso te dolió más a ti que a mi!”. Ella no lo podía creer. Era tal su shock, que ni siquiera pudo llorar. Le pegué una patada con la punta del zapato en el mentón y la hice caer encima del pasto, donde me senté encima de ella y le di los mejores cornetes en el hocico que le he pegado a nadie. Ella me decía que por favor la dejara tranquila, que no entendía lo que estaba pasando, entre otras palabras que se perdieron en el caudal de sangre que corría de sus encías y nariz.

    Me levanté y la miré, y se me ocurrió que estaba bien si le pegaba un par de puntapiés en las costillas. Y lo hice, con todas mis fuerzas. Le di patadas hasta que la punta de mis dedos ya no chocaban contra algo que se sintiera como un hueso, sino contra algo que tenía la consistencia de una bolsa plástica llena de carne molida. No me sentía satisfecho, y pensé en otra manera de seguir con mi descargo. Por algún motivo, tuve un flashback a cuando tenía 7 años y veía la WWF, específicamente de la Roca, se me escapó una carcajada y abrí mucho los ojos porque, por supuesto, tenía que hacerle el Codazo del Pueblo. Me alejé un poco, llegué corriendo e hice el baile que hacía el luchador antes de su movimiento. Para mi mala suerte, no le pude pegar en el pecho, y caí con mi codo en su cuello, lo que la dejó sin aliento y con arcadas por mucho rato, lo que conllevó a que se embarrara más de sangre y mi camisa quedara toda roja. La recriminé por eso, pero no me dio bola.

    Cuando pensaba que agredirla ya no tenía ningún sentido y estaba tan doblaba como nunca la imaginé, me pareció curiosamente sexy. Entonces la subí en la banca en la que primeramente se había sentado, le saqué la mochila (que todavía tenía puesta), le desabotoné la camisa, le desgarré las calzas y tomé su virginidad.

    Ella estaba a punto de desmayarse y yo justo recordé el por qué estaba haciendo todo esto. Entre toda mi euforia y adrenalina, se me ocurrió que era buena idea dejarle claro que no lo estaba haciendo porque sí, y pensé en mostrarle las fotos de mi celular que le había sacado a ella y su amante para que se enterara de que la había pillado. Lamentablemente, no había cargado el teléfono, por lo que no pude explicar nada. Me quedó solamente arrastrarla a ella y todas sus cosas hasta detrás de una palmera que hacía sombra y no se veía mucho. Le pedí por favor que no le contara a nadie porque todavía no le había dicho mis motivos y hubiese sido muy descortés juzgarme antes de tiempo. 

    Más tarde, cargué mi celular y le mandé un mensaje de texto recordándole lo que le había dicho, que no le dijera a nadie porque todavía quería hablar con ella. Parece que no le importó mucho, y me da la impresión de que sola se dio cuenta que yo había descubierto su infidelidad. Digo esto porque nunca más me  habló ni me respondió ningún correo ni los posteos en el Fotolog. Para qué decir en el colegio, donde me daba la impresión de que ella me podía ver a mí, y me evitaba, pero yo no podía dar nunca con ella. 

    Yo se que es complicado resolver el cómo enfrentar una infidelidad o un quiebre amoroso. Sinceramente, yo todavía no estoy seguro si lo mejor fue encararla con el corazón todavía herido y con la llaga sangrante, tan fresca. Pero algo dentro de mí me dice que, de todas formas, las cosas, tarde o temprano, iban a terminar de la misma forma. 

    Ahora tengo pensado buscarla en Facebook e invitarla a salir, a ver si se olvidó de lo que pasó hace años y nos podemos convertir en buenos amigos.

    7 months ago  /  Notes