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Raúl

Hace cuánto tiempo supe de esto es una cosa que se me escapa. Hará un par de meses, tal vez seis, siete. El punto es que lo escuché, estoy seguro que de noche, de boca de un amigo de un amigo. Tal vez carreteando, medio borracho, pero lo tengo claro y fresco en la cabeza. Yo no soy alguien supersticioso, pero creo que es una historia al menos de digna de contar, y les aconsejo, de leer. Si no se tragan este tipo de charlatanerías, les pediría que llegaran hasta acá, si se entusiasmaron, presten atención.

Al protagonista de nuestra historia lo conoceremos como Raúl. El nombre original del tipo que vivió esto, seguramente, ha sido cambiado con el correr del tiempo y de las veces que se haya relatado estos sucesos. Así también, esos mismos sucesos, los originales, es probable que hayan quedados enterrados en el boca en boca por quién sabe cuanto tiempo y se haya desvirtuado el transcurrir de ellos, pero el fin y el asunto primordial está intacto. Eso me lo aseguraron.

Tal vez sea por lo difícil que sea olvidar algo así de grande.

Raúl estudió en un colegio mixto como cualquier otro del país. A partir de la descripción que me dan del establecimiento donde estuvo, asumo que no ocurrió hace más unos quince o veinte años. En esos días, Raúl debe haber tenido unos diecisiete años y cursaba tercero medio, respetuoso, responsable y muy solidario. Un tanto distinto para el común de los jóvenes, un tanto especial, con un aura que describiría como “angelical”.

A pesar de su particular forma de ser y pensar, Raulito, como lo llamaban sus padres, tenía amigos muy normales, adolescentes promedio, un tanto complicados. Se metían en peleas sin sentido, fumaban cigarros baratos escondidos y se frotaban pasto por las manos y la cara para quitarse el olor. Más de alguna vez, me decían, los amigos incitaron a Raúl para tomarse latas de cerveza en el baño del colegio, que fueron robadas antes de los refrigeradores de sus casas. Nadie se explicaba por qué un chico tan agradable y sencillo estaba con un grupo que, a pesar de que no eran descubiertos ni mal vistos por los profesores y otros padres, sí experimentaban y eran demasiado curiosos. También malintencionados. Ni tanto, lo normal. Crueles, como todo niño, dicen.

Entre sus tantos blancos, estuvieron los gemelos Henriquez, un par de gordos, pecosos y engominados hermanos que respondían al prototipo de los estudiantes impecables, de lustrados zapatos y un uniforme impecable. Los Henriquez, como se me hizo saber, eran más bien un blanco de toda la escuela, objeto de burla y risas, dibujos y garabatos, insultos e imitaciones tanto entre los matones y los que no estaban ni arriba ni abajo. Años más tarde estos gemelos llegaron a buenas universidades y desde ahí se les perdió el rastro. También bajo los ataques de los amigos de Raúl estuvieron compañeros de clase que en cursos de básica tuvieron la mala suerte de orinarse y cagarse en los pantalones y arruinar para siempre su vida escolar. Uno que se destaca, entre risas, es un niño que era hijo de una prostituta al cuál, como supondrán, le llovían palabras un tanto feas.

Pero si había una persona a la que el odio irracional adolescente, las ganas de humillación y herir sin motivo, la que se ganó tantos insultos y malos ratos como fuesen posibles, de parte de los amigos de Raúl, fue una chica con problemas alimenticios de dos cursos más abajo. Su nombre, tal vez por respeto, tal vez porque no viene al caso, me es desconocido y no se mencionó. Pero sí, ella era anoréxica. Era una chica pálida, inofensiva y vergonzosa y callada.

La chica anoréxica tenía su problema desde que sus padres se separaron. Hasta que sucedieron los hechos a los que viene el caso de toda esta historia, deben haber pasado casi dos años desde ese divorcio. Cuando la familia de la chica se destruyó, ella cambió rotundamente su personalidad. De su piel rosada y suave, su cabello largo y radiante y su personalidad abrumadora, terminó en lo que los amigos de Raúl vieron un buen blanco para atacar.

Los maltratos fueron variados: Desde los verbales donde fuese que la pillaran, hasta acosarla por mensajes escritos en hojas de cuaderno dejados en su mochila cuando ella no estaba mirando. Me decían que una vez hasta le hicieron una zancadilla mientras sonaba la campana para volver a casa, haciéndola caer y lastimándose feo. Bien es sabido que alguien con problemas alimenticios no es alguien exactamente sano, por lo que el daño que se hizo la pobre niña fue más grave del que se pueda estimar.

Raúl siempre estuvo al margen de estas burlas. Puede que, ante una ingeniosa travesura entre las tantas incomodidades que la chica anoréxica pasó, haya reído o pudo haber encontrado gracia, pero más allá de eso, nada. En su indiferencia, sentía un poco de pena. Un halo de rabia que le hacía querer detener a sus patanes amigos. Pero no había un detonante, nada que lo impulsara a hacerlo. A concretar su buena acción. A calmar su latente y creciente impotencia del no defender al que debía ser defendido. Y en el fondo, muy en el fondo, sentía cierta atracción por esa alma tan vulnerable.

Pasó el tiempo y la excusa no se presentaba. Las burlas siguieron y la cotidianidad con sabor a aburrido de la rutina escolar y adolescente seguía igual. Raúl estaba en una lucha constante de no actuar por vergüenza, y el querer hacer algo que realmente deseaba. Pues no esperó más. En un instante se iluminó y simplemente lo hizo: Buscar a la chica, hablar con ella, conocerla. Saber quién está detrás de las risas vacías de los que serían sus supuestos amigos.

Ella estaba sentada, sola, en una plaza cerca del colegio. Eran las una y tanto de la tarde y el corazón de Raúl empezó a latir fuerte. Los nervios subieron a medida que daba pasos poco precisos en dirección a la chica, que ya le conocía por ser aquel, ese niño entre los tantos que se burlaban de ella que no hacía ni decía. Se sentó a su lado, ella no se percató de su presencia. Parecía en otro mundo, con su cabeza en otro lugar. Tuvo que saludarle con un débil “hola” para que ella bajara de sus pensamientos vagos. Le miró, a él. En ese instante, sus latidos se dispararon nuevamente. Perpleja, le pidió que le repitiera lo que dijo. Él lo dijo, de nuevo y con más firmeza, “hola”. Sonrió. A Raúl le parecía que jamás la había visto sonreír. Tenía dientes amarillos, destruídos por el vómito crónico que sufría la pobre chica. Parecía no importarle que fuera él, aquel. Se mostraba más contenta porque alguien le prestaba atención y se le acercaba. A Raúl se le calmaron los latidos. Parecía que todo estaba bien.

De qué hablaron no viene al juego porque no vale la pena. Lo que sí hay que mencionar, es que Raúl y la chica pasaron un muy buen rato. Se divirtieron, compartieron. Rieron por largas horas hasta que casi anochecía. ¿Si se hicieron amigos? Sería poco decir. Así es: Raúl sentía que estaba frente a la mujer que le podía hacer feliz del corazón en su hermosa edad de la juventud. Ella, cuando no estaba triste ni sola, resultó ser una persona muy conversadora con un inmenso mundo interior que esperaba por estallar, quizá fue eso lo que a Raúl le llamó más la atención. Casi no se notaba que era una, aunque suene despectivo, anoréxica con problemas personales. Y estaba dispuesto a ayudarla. Ella se lo merecía, necesitaba un alguien, ese aquel, el que la escuchaba y la hacía feliz, podía ser él.

Se despidieron, irónicamente, de manera muy tímida. El problema de cuando una relación comienza a mejorar es que ninguno de los dos saben muy bien cómo actuar al momento en que todo va sobre ruedas. Se dice que, en esa plaza, y a esas horas en que Raúl y la chica compartieron, no mucha gente pasa. Se cuenta que nadie los vio, nadie los espió ni pudo enterarse de lo que había ocurrido. La manera en que este acontecimiento se hizo conocido me es desconocido y no viene al caso.

Raúl se fue a su casa tras una tarde en la que pudo comenzar a hacer sus más profundos deseos realidad. Cuando se alejaba, vio como la chica se quedó sentada, sonriente y feliz en la misma banca. No podría decir cuánto tiempo. Para cuando él la perdió de vista ella no se movió. Parecía no tener mucha gente ni a nadie a quién acudir. Pero estaba contenta, como nunca antes la había visto. Raúl llegó a su hogar de noche más o menos a las nueve y tanto. No sentía hambre y prefirió pasar de inmediato a su cama. A pesar del buen día que tuvo y la memorable tarde que tuvo junto a su nueva amiga (con ventaja), se encontraba cansado y a la mañana siguiente tenía colegio. Sus padres no estaban, habían ido a la casa de unos tíos a tomar once y por lo general siempre se quedaban a beber vino y conversar hasta tarde, él lo sabía.

Los ojos de Raúl, esa noche, se cerraron plácidamente y cayeron en un profundo sueño sin preocupaciones. Nada hacía preveer la tragedia que estaba por suceder…

Cerca de las doce de la noche, los padres de Raúl regresaban también a su morada tras una once y una conversación bastante agradables. Cuando se encontraban a media calle de distancia, una vecina les avistó por su ventana y les detuvo pues les tenía que decir algo. La señora Cecilia, pseudo-amiga de la pareja y vecina hace muchos años, les confesó haber escuchado gritos de Raulito, no hacía más de diez minutos. Les dijo que “duraron poquito pero fueron harto re feos, pensé que se había pegado algo y estaba con ustede— no me preocupe— osea sí, claro, sonó super feo pero— usted sabe, mejor vayan a verlo oiga, caballero, señora”. Cecilia, por lo general, se atropellaba ella misma mientras disparaba palabras como loca. Esta vez sonaba muy exaltada. Los padres de Raúl se miraron extrañados. Agradecieron a su copuchenta vecina el aviso y volvieron a su hogar, sin más apuros.

Abrieron la puerta principal, un poco borrachos, con la llave errando varias veces antes de acertar a la cerradura. Al entrar a la casa, sintieron un fuerte olor, putrefacto y metálico en el aire. En su adormecimiento, atinaron inmediatamente a ver si Raulito estaba en su habitación. Caminaron con cuidado, chocando muebles y haciendo sonar adornos de cerámica a su paso hasta el rincón de su hijo, que tenía la puerta abierta. Lo que vieron fue horroso…

La madre de Raúl cayó de rodillas y estalló en un llanto grotesco, como si hubiese salido del infierno, atormentado, ahogado y fuera de control. El padre, en cambio, permaneció perplejo, no pudiendo creer lo que veía. Exclamó un “mi niño, mi hijo… no, no, por favor…” mientras trataba de digerir lo que estaba frente a sus ojos y poco a poco sollozaba, tratando de reprimir sus lágrimas. Sólo pudo caminar hacia el living de su humilde casa y llamar a carabineros.

En la cama de Raúl no había Raúl. El cobertor goteaba sangre mientras que la alfombra estaba completamente empapada, tomando un tono café oscuro, combinando el rojo de la hemoglobina con el azul que originalmente tenía el piso. Sobre las tapas, totalmente desordenadas y con sábanas hechas trapos marrones, se encontraba lo siguiente: Una columna vertebral completa, la mitad de su torso abierto en canal, dejando ver los organos internos destrozados y sangrando aún a borbotones, las piernas completamente destruídas, como acuchilladas por un machete, sus genitales extirpados, sus pies ya no estaban, así tampoco su mano derecha, su mano izquierda, en cambio, estaba partida por la mitad y le faltaba el dedo pulgar. Lo único que estaba completo, era su cara, lo que ayudaba a reconocer que no era otro que Raúl. Su mirada estaba perdida, en la densa y profunda oscuridad de la muerte.

Para cuando los Carabineros llegaron a la residencia, el padre y la madre de Raúl estaban abrazados en un rincón de la habitación, casi en posición fetal, sollozando y en shock. Vieron el cuerpo del menor y uno de ellos vomitó asqueado. El olor se hacía insoportable y pesado. Cuando prendieron las luces, uno de los carabineros se percató de otro detalle, y pudieron ver una mancha en la pared que llevaba al baño. Las manchas, en realidad, eran huellas. Eran marcas de manos. Una mano humana empapada en la sangre de Raúl. Parecía que quien haya tocado el cuerpo del menor, estaba muy cansado o mal herido para arrastrarse soportando su cuerpo sobre su brazo. En el piso, al mismo tiempo y siguiendo el mismo recorrido, habían pasos marcados, también arrastrándose.

Dos de los varios carabineros que estaban revisando el lugar, desenfundaron sus pistolas, y armados de valor, abrieron lentamente el servicio de la casita. Si Raúl, o lo que quedaba de él, ya era absolutamente insólito, lo que vieron dentro de ese baño les provocó tanto asco como el mismo infierno.

Abrazada al WC, estaba la chica. La anoréxica se había comido a Raúl, y como las anoréxicas, se fue al baño llena de vergüenza y arrepentimiento a vomitarlo. El agua de la taza de baño estaba roja, llena de pedacitos de carne y pellejos. La chica estaba empapada en sangre y tenía una uña enredada en el pelo. Como los carabineros son estúpidos y burros pero no tanto, supieron tras un par de horas de meditación que ella era la responsable del crimen.

Mientras los carabineros miraban perplejos a la chica, ella se transformó en una chala tipo sandalia frente a sus propios ojos. Esa casa, desde entonces, está embrujada, y se dice que cada vez que alguien entra de noche, se pueden escuchar los goterones de sangre cayendo desde la boca de la chica en el baño, y se puede ver a Raúl a ciertas horas en la misma habitación donde sirvió de alimento para la anoréxica carnívora, sentado en su cama jugando Pokemon Red. Los más valientes y que han estado más tiempo, dicen poder oír el paso de la única chala en la que la chica se transformó, rondando por los alrededores y también dentro de la morada.

Los carabineros nunca pudieron culpar a nadie, pues, la única sospechosa se transformó en calzado femenino y no habían más evidencias que relacionaran a alguien externo del crimen. Los amigos de Raúl, al enterarse, asumieron una posición cabizbaja y se les vio tristes por dos recreos seguidos hasta que parecieran haberlo olvidado y superado después de una profunda pena. Los padres de Raúl, agobiados por tan traumante situación, se mudaron a Quillota junto a unos primos, quienes les cuidan y distraen en una casita alejada de la civilización. La sandalia en la que la chica se transformó, todavía está en la comisaría de la comuna donde los hechos ocurrieron. Cuál es o dónde queda, bueno, tampoco lo sé.

    1. 17 notesTimestamp: Wednesday 2011/01/19 21:55:14
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      Lean esto, es diver
    2. hooloovooo reblogged this from iarahei
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